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Roberto Juarroz
No tener más objetivos que las manos abiertas y los inevitables desvíos de la brújula, no para corregirlos sino para lanzarnos justamente por ellos.
Allí estas sombras que somos hallarán los rumbos necesarios para ahondar en el tiempo los trazos de este sueño inverosímil.
Decimos lo que decimos para que la muerte no tenga la última palabra.
¿Pero tendrá la muerte el último silencio?
Hay que decir también el silencio.
Hoy no he hecho nada. Pero muchas cosas se hicieron en mí.
Pájaros que no existen encontraron su nido. Sombras que tal vez existan hallaron sus cuerpos. Palabras que existen recobraron su silencio.
No hacer nada salva a veces el equilibrio del mundo, al lograr que también algo pese en el platillo vacío de la balanza.
Desconocer que el río es una espada y que las cosas sueñan sueños propios es ignorar que aquí, junto a nuestra mirada, existe otra: la mirada recóndita del mundo.
Cuando se la descubre, la vida se da vuelta como un guante que devuelve la mano que encerraba y el tacto liberado toca por vez primera cuanto existe.
La realidad es un tiempo doblado que es preciso desdoblar como una tela de singular delicadeza para encontrar adentro otra mano que aguarda.
Cuando el mundo se afina como si apenas fuera un filamento, nuestras manos inhábiles no pueden aferrarse ya de nada.
No nos han enseñado el único ejercicio que podría salvarnos: aprender a sostenernos de una sombra.
Atravesar como un meteoro el infinito de los dioses e internarse en los otros infinitos, los infinitos desnudos, allí donde las rosas florecen sin porqué y un ala sirve también para pensar.
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